Nuevos datos de María Soledad Morales: un amiga contó datos de la última noche
A 33 años del femicidio de María Soledad, Marilyn Varela, compañera de la escuela y una de sus mejores amigas, recordó detalles:
“Esa noche ella conversó con un grupo muy reducido de compañeras y desnudó su corazón mientras cortábamos y armábamos las flores para el baile”, recordó Marilyn, y agregó: “Nos contó que estaba enamorada y sufría por esa relación. Algo que nos conmovió y movilizó mucho”.
La persona de la que se había enamorado María Soledad era Luis Tula, un hombre 12 años mayor que ella, casado, que al principio de la relación le había ocultado su estado civil.
“Fuimos al boliche juntas y estuvimos en contacto hasta las 3 de la mañana”, precisó la amiga de la víctima, tras lo cual resaltó: “Esa fiesta que se llamó increíblemente ‘La noche de la Sorpresa’, fue terrible en todos los aspectos, tuvimos muchos inconvenientes como organizadoras: apagones de luz, problemas con los auspiciantes... en fin, de todo un poco”. Pero para lo que ninguna de ellas podía estar preparada era para el horror que iba a salir a la luz pocas horas después.
A Marilyn y a Sole, como le decían todos, les había tocado estar en la puerta del salón a cargo de la caja, cobrando las entradas. Cuando se cortó la luz, contó la amiga, ella entró para ver qué había pasado y, al salir de nuevo, María Soledad ya no estaba.
En ese momento no lo sabían, pero Tula había pasado a buscar a la adolescente y la convenció de acompañarlo a un boliche que estaba de moda sobre la ruta 1. En ese lugar, según consta en la causa, se la “entregó a sus asesinos”. “Cuando el lunes recibimos la terrible noticia de su muerte no pude evitar revivir todos los momentos de esa noche”, evocó Marilyn.
El horror después del horror
María Soledad nunca volvió a su casa aquella madrugada. Más de 48 horas después, un grupo de obreros de Vialidad la encontró asesinada, violada y mutilada, en un chiquero a la vera de la ruta 38, en Catamarca.
Su cuerpo gritaba los ultrajes que había sufrido. La quemaron con cigarrillos, le fracturaron a golpes la mandíbula y le aplastaron el cráneo con una piedra. Su papá, Elías Morales, fue quien tuvo que enfrentar esa imagen imborrable y apenas la reconoció por una pequeña cicatriz que tenía en la muñeca. Le faltaba un ojo, las orejas y su cuero cabelludo había sido arrancado de cuajo.
El crimen de la adolescente no fue calificado como un femicidio, porque el término aún no existía en los ‘90. No había cómo designar el homicidio de una mujer por su condición de tal, así como tampoco se pudo nunca saber con exactitud las características del asesinato del que había sido víctima porque hubo un pacto de silencio inquebrantable que perdura hasta el día de hoy.
“Todo fue mal barajado y creo que intencionalmente desde un principio”, afirmó Marilyn Varela en diálogo con este medio. “Cuando fui a despedir sus restos, pasé por el lugar que la encontraron. Fue como 24 o 48 horas después, y todavía estaba ahí la piedra triangular con sangre de Sole y cabello”, apuntó la amiga de la víctima.
Y completó: “Yo lo levanté en mi inocencia de adolescente de 17 años y hasta pensé en llevárselo a la Virgen del Valle como ofrenda para que se hiciera Justicia, recién en ese momento se acercó un policía y me dijo que dejara las cosas en su lugar”.
Marilyn fue testigo así de una de las tantas irregularidades que se cometieron para desviar la investigación y encubrir a los asesinos de su amiga. El propio jefe de la policía, Miguel Ángel Ferreyra, ordenó que lavaran el cuerpo, eliminando así pruebas fundamentales. Más tarde, entre muchos otros descubrimientos estremecedores, se revelaría que era el padre de uno de los homicidas.
Las sospechas fueron inevitables: el poder provincial estaba involucrado y protegía a los autores del asesinato, a quienes desde ese momento los medios rebautizaron “Los hijos del poder”.
Contra todos los obstáculos, la investigación avanzó y se logró reconstruir que a María Soledad aquella noche le dieron bebidas y drogas y se la llevaron a un hotel. Fue allí donde abusó sexualmente de ella un grupo de entre dos y cuatro sujetos, entre ellos Guillermo Luque, hijo de un diputado nacional. Antes de las 6 de la mañana del 13 de septiembre de 1990, una sobredosis terminó con el calvario de la víctima.
TN