Tramas que cuidan: Ni cosas de chicos ni drama de chicas
(*) En la vida cotidiana de las escuelas, las peleas forman parte de lo que sucede. A veces son visibles; otras, más silenciosas. Pero no todas se leen de la misma manera.
Los adultos solemos interpretar estos conflictos desde categorías estereotipadas que parecen evidentes: varones por un lado, mujeres por otro.
Entre varones, la pelea física suele naturalizarse: “son cosas de chicos”, “se arreglan así”. En cambio, cuando se trata de mujeres, aparecen otras lecturas: “hay drama”, “se dicen cosas”, “se excluyen”. No siempre hay golpes, pero sí palabras, silencios, miradas, rupturas.
Ahora bien, ¿qué pasa cuando esas categorías no alcanzan?
¿Qué lugar tienen quienes no encajan en esos modos “esperados”?
Muchas veces, lo que no encaja queda invisibilizado o sin nombre.
A lo largo del tiempo, la socialización de género fue habilitando formas distintas de expresar el malestar: a algunos varones, a través del cuerpo; a muchas mujeres, en lo vincular o simbólico. Pero no son las únicas formas posibles, sino las más visibles o recurrentes. Cuando olvidamos esto, simplificamos lo que en realidad es diverso.
La pensadora Carla Akotirene advierte que las experiencias deben leerse en el cruce de múltiples dimensiones sociales. Y, en esta línea, la psicopedagoga Alicia Fernández recuerda que toda conducta —también la conflictiva— es una forma de decir algo. Desde estas miradas, cualquier conflicto puede ser un intento de expresar lo que no encontró palabras.
Sin embargo, el problema no está sólo en esas formas, sino en cómo las leemos.
Muchas veces, se minimiza lo que encaja en lo esperado, se sobredimensiona lo que incomoda, y se invisibiliza lo que no sabemos nombrar.
En todos los casos, se pierde la posibilidad de comprender y acompañar.
¿Y si el desafío fuera desarmar nuestras certezas para poder ver mejor? Porque ninguna pelea es sólo una pelea. Hay emociones que desbordan; identidades en construcción; palabras que no pudieron decirse.
Y ahí aparece el lugar de los adultos no sólo para intervenir, sino para acompañar sin encasillar, escuchar sin apurar, abrir preguntas donde antes había respuestas automáticas.
En la adolescencia, el conflicto también es una forma de búsqueda.
La pregunta tal vez no sea cómo evitarlo, sino cómo lo leemos y cómo lo acompañamos.
Porque si nuestras miradas quedan atrapadas en estereotipos, corremos el riesgo de no ver a quienes tenemos delante. Y quizá, con ese gesto —mirar de nuevo, escuchar mejor— empiece a abrirse una posibilidad distinta donde nadie quede por fuera de lo que podemos nombrar.
(*) Esta reflexión se inscribe en la serie “cuerpos, identidad y mirada social” – Instituto de Formación Docente N°3
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