2026-06-17

Cuando el amor se convierte en un arma, el síndrome de alienación parental puede generar un daño silencioso y profundo en los niños

La Dra. Luz Blanco analiza el síndrome de alienación parental y advierte sobre las profundas consecuencias emocionales que puede generar en niños y adolescentes cuando son involucrados en conflictos entre sus progenitores.

(*) Hay heridas que no se ven. No dejan marcas en la piel, no aparecen en una radiografía, no generan un parte médico. Pero existen, y en muchos casos son las más profundas que puede sufrir un niño. El síndrome de alienación parental, conocido por sus siglas SAP, es una de esas heridas invisibles que atravieso en mi práctica profesional con una frecuencia que me preocupa y que considero necesario nombrar con claridad.

Hablo de esto no desde la teoría, sino desde los expedientes. Desde las entrevistas. Desde los niños que llegan a mi estudio indirectamente, a través del dolor de sus progenitores, y que sin saberlo cargan con un peso que no les corresponde.

¿De qué hablamos cuando hablamos de alienación parental?

El síndrome de alienación parental describe un proceso mediante el cual uno de los progenitores, de manera consciente o no, instala en el niño un rechazo sistemático, injustificado y progresivo hacia el otro progenitor. No estamos hablando de conflictos naturales entre ex parejas, ni de la preferencia espontánea de un hijo por vivir con uno u otro progenitor en determinado momento. Hablamos de algo más profundo y más dañino: la manipulación emocional que convierte al otro progenitor en un enemigo en la mente del niño.

Las formas son sutiles, variadas y a veces difíciles de probar en sede judicial. Pueden ir desde hablar mal del otro progenitor delante del hijo, interceptar comunicaciones, boicotear visitas y salidas, hasta sembrar recuerdos falsos o distorsionados. El niño, que ama a ambos progenitores por naturaleza, se ve forzado a tomar partido en un conflicto que no creó, que no entiende y del que no debería ser parte.

El daño real sobre los niños

Lo que me resulta más urgente subrayar, y es lo que con frecuencia queda opacado detrás de las disputas judiciales entre adultos, es el daño concreto que este proceso genera en los niños.

Un niño que vive la alienación parental aprende, a muy temprana edad, que el amor es condicional. Que para ser aceptado por el progenitor con quien convive, debe renunciar al otro. Esta división interna genera consecuencias que los profesionales de la salud mental documentan con claridad: ansiedad, baja autoestima, dificultades para establecer vínculos afectivos sanos, problemas de identidad y, en muchos casos, sufrimiento que se prolonga hasta la adultez.

"Un niño no puede construirse a sí mismo cuando le enseñan a destruir una parte de lo que es."

Porque los hijos no son solo de sus progenitores. Son, en su propia historia, la suma de ambos.

La ciencia también señala otro fenómeno igualmente preocupante: muchos de estos niños, al crecer, toman conciencia de la manipulación que sufrieron. Y entonces el daño se duplica: primero, el alejamiento forzado del progenitor alienado; después, la culpa por haber participado, sin comprenderlo, en ese alejamiento.

El derecho como herramienta de protección

En el marco del Código Civil y Comercial de la Nación, el principio del interés superior del niño no es una fórmula retórica: es el eje que debe ordenar toda decisión judicial y extrajudicial que involucre a menores. La comunicación fluida con ambos progenitores, salvo situaciones de riesgo debidamente acreditadas, es un derecho de los niños, no de los adultos, y debe ser resguardado con firmeza.

Desde la intervención profesional, es fundamental detectar a tiempo las señales de alienación y actuar antes de que el daño se consolide. Las pericias psicológicas, los informes socioambientales y el trabajo interdisciplinario son herramientas valiosas. Pero la prevención es siempre mejor que la reparación.

"El mejor acuerdo parental no es el que satisface a los adultos, sino el que le devuelve al niño la posibilidad de amar a sus dos progenitores sin culpa."

Una reflexión final

Los procesos de separación son, casi siempre, dolorosos. Nadie llega a un divorcio en paz. Pero hay una línea que ningún adulto debería cruzar: la de utilizar a sus hijos como territorio en disputa o como canal para canalizar el propio dolor.

La responsabilidad parental exige, incluso en los momentos más difíciles, anteponer el bienestar emocional de los niños por encima del conflicto conyugal. No porque la ley lo exija, aunque lo hace, sino porque eso es precisamente lo que significa querer a un hijo.

Los niños no deberían tener que elegir. Y cuando se los obliga a hacerlo, algo muy importante se rompe. Mi labor, en esos casos, es ayudar a que esa fractura tenga la menor profundidad posible.

 

(*) Por Dra. Luz Blanco – Abogada especialista en Derecho de Familia y Sucesiones

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