2026-09-10

A 25 años de las Torres Gemelas

El 11-S que cambió el mundo y transformó el poder de Estados Unidos

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron un punto de inflexión en la política internacional. La guerra contra el terrorismo modificó la estrategia de Washington, mientras China, Rusia y otras potencias ganaron espacio en un escenario global cada vez más fragmentado.

El 11 de septiembre de 2001 no solo dejó casi 3.000 muertos, sino que también puso fin a una etapa de fuerte predominio estadounidense. Tras la desaparición de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría, Estados Unidos había quedado como la principal potencia mundial, con una capacidad de influencia sin grandes contrapesos.

Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono demostraron que esa supremacía podía ser desafiada de una manera inesperada: una organización no estatal logró atacar el territorio estadounidense y provocar una transformación profunda de su política exterior y de seguridad.

La respuesta de Washington se concentró inicialmente en Al Qaeda y en Afganistán, donde el grupo tenía su principal base operativa y contaba con la protección del régimen talibán. La intervención militar permitió expulsar a los talibanes del poder y debilitar la estructura de Al Qaeda, pero el conflicto se prolongó durante casi dos décadas.

La estrategia estadounidense tomó una dimensión mayor con la invasión de Irak en 2003. Las fuerzas estadounidenses derrotaron rápidamente al ejército iraquí y derrocaron a Saddam Hussein, pero las armas de destrucción masiva que habían sido utilizadas como argumento para la intervención nunca fueron encontradas.

La caída del régimen abrió un período de violencia e inestabilidad que, al mismo tiempo, favoreció la expansión de la influencia de Irán en Irak. Mientras Estados Unidos intentaba reconstruir el país ocupado, Teherán consolidaba su posición política y estratégica en la región.

Afganistán también expuso los límites de la estrategia estadounidense. Tras la intervención de 2001, los talibanes reorganizaron su insurgencia y mantuvieron durante años su capacidad de combate. En 2021, después del retiro de las tropas estadounidenses, recuperaron rápidamente el control del país y retomaron Kabul.

La lucha antiterrorista, sin embargo, produjo resultados concretos. Al Qaeda fue severamente debilitada, Osama bin Laden murió en 2011 y Estados Unidos desarrolló nuevas capacidades de inteligencia, vigilancia y seguridad. Al mismo tiempo, el terrorismo evolucionó hacia estructuras más descentralizadas y adaptadas a las nuevas tecnologías.

El impacto también fue profundo dentro de Estados Unidos. La aprobación del Patriot Act amplió las facultades de vigilancia e investigación del Estado, mientras que la creación del Departamento de Seguridad Nacional y el crecimiento de las agencias de inteligencia modificaron la relación entre seguridad y libertades civiles.

Guantánamo y Abu Ghraib se convirtieron en símbolos de los cuestionamientos a las políticas adoptadas durante la guerra contra el terrorismo. La capacidad militar estadounidense continuó siendo dominante, pero su legitimidad política y su imagen internacional comenzaron a ser objeto de mayores críticas.

Mientras Washington concentraba recursos en guerras, insurgencias y operaciones antiterroristas, el escenario internacional comenzaba a modificarse. China aceleró su crecimiento económico y tecnológico, Rusia recuperó capacidades militares y presencia geopolítica, y otras regiones adquirieron una importancia creciente en la competencia por recursos y mercados.

América Latina también experimentó las consecuencias de este cambio de prioridades. Luego del 11-S, la agenda de seguridad estadounidense pasó a ocupar un lugar central y otros asuntos regionales perdieron peso relativo.

En México, la agenda bilateral vinculada con migración, comercio e integración quedó subordinada a la seguridad fronteriza. En Colombia, en cambio, Washington profundizó la cooperación militar, financiera y de inteligencia en el marco de la lucha contra las organizaciones armadas y el narcotráfico.

La menor atención estratégica estadounidense hacia la región coincidió con un período de búsqueda de mayor autonomía por parte de varios gobiernos latinoamericanos. Surgieron nuevas iniciativas de integración y cooperación, entre ellas Unasur, ALBA, el Banco del Sur y CELAC, junto con proyectos de infraestructura y energía destinados a fortalecer la capacidad regional.

En paralelo, China incrementó de manera sostenida su comercio, sus inversiones y su presencia política en América Latina. El país asiático pasó a ocupar un lugar central como socio económico de numerosas naciones sudamericanas, impulsado por su demanda de alimentos, energía, minerales, infraestructura y nuevos mercados.

El escenario volvió a cambiar durante 2025, cuando la segunda administración de Donald Trump colocó nuevamente al hemisferio occidental entre sus prioridades estratégicas y profundizó el enfoque de competencia con China por la influencia en América Latina y el Caribe.

A 25 años de los atentados, Estados Unidos continúa siendo una potencia central, pero enfrenta un escenario internacional diferente al de 2001. La competencia entre grandes potencias volvió a ocupar el centro de la agenda mundial y el orden internacional se volvió más fragmentado.

El 11-S no terminó con la hegemonía estadounidense, pero modificó profundamente la manera en que Washington ejerció su poder. La experiencia de las últimas dos décadas y media dejó expuesto uno de los principales desafíos de la superpotencia: ganar una guerra puede ser posible, pero transformar una victoria militar en una paz duradera resulta mucho más complejo.

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