martes 24 de febrero de 2026
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La fruticultura: un motor silencioso que impulsa empleo, salud y bienestar en Argentina

Un informe destaca cómo el sector frutícola no solo genera producción y exportaciones, sino que también es clave para el desarrollo social, la salud pública y el arraigo territorial. La autora es la ingeniera agrónoma, Betina Ernst.
jueves 24 de julio de 2025

Cuando se analiza la economía argentina, el sector frutícola suele destacarse por su aporte a la producción, exportación y generación de empleo. Sin embargo, su impacto va mucho más allá: la fruticultura impulsa el arraigo, la salud, la identidad regional y el desarrollo territorial. Estos beneficios, a menudo invisibles, hacen que esta actividad merezca un reconocimiento mucho mayor del que actualmente recibe.

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Un fuerte generador de empleo

La fruticultura es una de las actividades que más puestos de trabajo crea, superando ampliamente a otros rubros agrícolas e industriales. Según un estudio del CONICET-INTA, cada 1.000 hectáreas de frutales generan empleo para 1.000 personas, incluyendo trabajos tanto directos como indirectos.

Un productor mediano puede dar empleo a dos familias cada 10 hectáreas, mientras que un establecimiento de soja apenas necesita dos personas. A esto se suma la cadena de valor: insumos, riego, transporte, embalaje, logística y comercialización. Por eso, en las regiones frutícolas, una mala cosecha afecta a toda la economía local.

Mano de obra: su fortaleza y su talón de Aquiles

La fruticultura necesita mucha mano de obra. Esa demanda genera empleo, pero también es una debilidad: cada vez cuesta más encontrar trabajadores dispuestos a realizar tareas exigentes al aire libre. Además, los trabajadores golondrina enfrentan múltiples problemáticas que complican la logística y la organización del trabajo.

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La falta de interés por estas labores ha acelerado la incorporación de tecnología para mecanizar tareas. Sin embargo, los altos costos laborales y la legislación vigente en cada país o región son determinantes para el éxito o fracaso del sector.

Desarrollo territorial e inclusión social

A diferencia de otros sectores, la fruticultura no está concentrada en grandes multinacionales, sino en pequeñas y medianas empresas. Este modelo fomenta el arraigo familiar, genera demanda de servicios como salud, educación y transporte, y evita la concentración urbana desmedida.

Los productores que viven y trabajan en sus fincas suelen obtener mejores resultados. Su involucramiento directo y su pasión por la actividad se traducen en frutas de mayor calidad. Y también en identidad: regiones como el Valle de Río Negro o Los Antiguos son reconocidas por sus manzanas y cerezas, respectivamente, lo que genera orgullo y pertenencia.

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Fruta, símbolo de salud y cultura

La fruta no solo es alimento: es símbolo de abundancia, fertilidad y belleza. Se la utiliza en campañas publicitarias, en etiquetas de productos, y hasta en activismo ambiental, por su poder de evocación. La manzana, la cereza, el durazno o la frutilla despiertan emociones que ningún otro producto agrícola logra igualar.

A la vez, el consumo de frutas en Argentina está en caída libre: pasó de 51 a 46 kilos por habitante por año, la mitad de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Este descenso está vinculado al aumento de enfermedades crónicas no transmisibles como obesidad, diabetes e hipertensión.

Fomentar su consumo debería ser una política de Estado: no solo generaría empleo y arraigo, sino que también reduciría el gasto público en salud y mejoraría la calidad de vida de toda la población.

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La fruticultura es mucho más que producción y exportación: es bienestar, salud, identidad, trabajo e inclusión. Por eso, al evaluar el impacto de una actividad económica, es esencial considerar no solo los números, sino también su aporte al desarrollo humano y social del país.