Opinión
Neuquén lidera porque convirtió energía en desarrollo
Durante años, el enorme potencial de Vaca Muerta fue observado como un reservorio estratégico capaz de cambiar la matriz energética nacional, pero sin garantías de que esa riqueza se derramara sobre la vida cotidiana de los habitantes de la provincia.
Hoy, ese paradigma comienza a modificarse: Neuquén no sólo produce más, sino que planifica mejor, invierte con visión de largo plazo y ordena el crecimiento con un objetivo claro: elevar la calidad de vida de su población.
En esa construcción, la gestión de Rolando Figueroa logró algo que parecía esquivo: convertir el desarrollo energético en una política de Estado que excede la coyuntura económica. Su reciente gira por Estados Unidos sirvió para ratificar ante inversores internacionales que Neuquén ofrece seguridad jurídica, reglas claras y una hoja de ruta definida para consolidar el crecimiento. Pero el mensaje central fue otro: cada inversión que llega debe tener un correlato directo en el bienestar de los neuquinos.
La magnitud de ese proceso comienza a medirse en cifras concretas. Los proyectos ya encuadrados en el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones prometen inyectar más de 1.300 millones de dólares en apenas cuatro años entre regalías, ingresos brutos y utilidades de GyP, fortaleciendo la capacidad financiera de la provincia para sostener obras estructurales, ampliar servicios esenciales y consolidar nuevas oportunidades de desarrollo en todo el territorio.
Ese círculo virtuoso ya muestra resultados palpables. La provincia encabeza hoy buena parte de los indicadores económicos nacionales, con un dinamismo productivo que se refleja en la generación de empleo privado, en el crecimiento del consumo y en la expansión de la actividad económica.
Pero la diferencia radica en que esos recursos no quedan atrapados en balances empresariales o en cajas estatales: se transforman en rutas, redes de gas, obras de infraestructura básica, formación técnica y programas de inclusión educativa.
El ejemplo de Añelo resume esa lógica de transformación. Durante años, el corazón productivo del shale convivió con carencias elementales, en una contradicción difícil de justificar: una región exportadora de energía sin acceso pleno a servicios básicos.
La actual gestión decidió corregir esa distorsión, entendiendo que el verdadero desarrollo no consiste únicamente en extraer riqueza del subsuelo, sino en garantizar que esa riqueza mejore la vida sobre la superficie.
En paralelo, Neuquén invierte en lo que será su mayor activo cuando el ciclo hidrocarburífero encuentre su límite: el capital humano. La creación del Instituto Vaca Muerta, el fortalecimiento de la capacitación laboral, la mayor participación de proveedores locales y programas como las becas Gregorio Álvarez reflejan una mirada estratégica que entiende que el petróleo y el gas pueden ser la palanca, pero nunca el destino final.
Así, el desarrollo de Vaca Muerta deja de ser un episodio aislado de expansión económica para consolidarse como parte de un programa de transformación profunda.
Mientras buena parte del país sigue atrapada en urgencias de corto plazo, Neuquén construye sobre bases firmes un modelo donde la energía no es sólo riqueza: es una herramienta concreta para construir bienestar duradero.