2026-10-29

El consumo de carne vacuna cayó a 46 kilos por habitante y alcanzó un mínimo histórico en Argentina

El consumo de carne vacuna cayó a 46 kilos por habitante, el nivel más bajo desde 1914. El estancamiento productivo, los precios y el avance del pollo y el cerdo explican el cambio.

La carne vacuna perdió parte del protagonismo que históricamente tuvo en la mesa de los argentinos. En los primeros ocho meses de 2026, el consumo registró una nueva contracción y se ubicó en 46 kilos por habitante, el nivel más bajo desde que comenzaron las mediciones, en 1914.

El retroceso responde a una combinación de factores que se profundizaron durante las últimas décadas: una producción ganadera que prácticamente no creció, el encarecimiento de la carne vacuna frente a otras alternativas y la expansión del pollo y el cerdo.

Según datos de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA), entre enero y agosto de 2026 el consumo totalizó 1,37 millones de toneladas de res con hueso. La cifra representa una caída del 11,3% respecto del mismo período de 2025.

El promedio móvil de los últimos doce meses quedó en 46 kilos por habitante, por debajo de los registros anteriores. La tendencia también se observa en una perspectiva de largo plazo: de acuerdo con Argendata Fundar, a fines de los años sesenta el consumo anual superaba los 80 kilos por persona.

Una producción que lleva décadas estancada

Uno de los factores que explican la caída es la limitada expansión de la producción bovina. En 2024, Argentina produjo 3,18 millones de toneladas de carne vacuna, un volumen prácticamente igual al de medio siglo atrás.

Mientras la población aumentó, la oferta total se mantuvo casi sin cambios. Esto redujo la disponibilidad de carne por habitante y contribuyó a presionar los precios, en un escenario en el que otras proteínas ganaron terreno.

El informe de Argendata señala que la competencia con la agricultura por el uso de la tierra, junto con la inestabilidad económica, condicionó las posibilidades de crecimiento de la ganadería. La actividad requiere inversiones y decisiones de largo plazo, cuyos resultados pueden demorar varios años.

A esto se sumaron las restricciones a las exportaciones, que redujeron los incentivos para invertir, y los efectos de las sequías. En particular, la crisis climática de 2008 y 2009 provocó una liquidación de vientres que redujo el rodeo y limitó la capacidad productiva posterior.

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El pollo y el cerdo ganaron lugar en la mesa

En paralelo al estancamiento de la carne vacuna, las cadenas avícola y porcina registraron un importante crecimiento. La producción de pollo se multiplicó por 64 desde 1961 y alcanzó los 2,3 millones de toneladas en 2024.

La expansión estuvo acompañada por mejoras en genética, alimentación, sanidad y manejo productivo, que permitieron aumentar la eficiencia y reducir costos.

También cambiaron las preferencias de los consumidores. El pollo y el cerdo se consolidaron como alternativas frente a la carne vacuna, tanto por sus precios como por la percepción de que las carnes blancas son opciones más saludables.

El impacto se refleja en la composición de la producción nacional. La carne vacuna, que históricamente representaba cerca del 90% de la oferta total de carnes, hoy concentra aproximadamente la mitad.

La transformación también llegó al consumo: el pollo superó los 45 kilos anuales por habitante, mientras que la carne porcina pasó los 17 kilos en 2023.

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La diferencia de precios aceleró el cambio

El precio relativo entre las distintas carnes fue otro elemento determinante. Cuando la carne vacuna se encarece frente al pollo o al cerdo, las familias tienden a reemplazarla por opciones más económicas.

El informe identifica distintos momentos en los que esa diferencia impulsó la sustitución. Entre 2003 y 2006, por ejemplo, la relación de precios entre la carne vacuna y el pollo pasó de 1,55 a 2,08. En otras palabras, un kilo de carne vacuna llegó a costar más del doble que uno de pollo.

Durante ese período, el consumo de pollo aumentó un 41% y pasó de 19,4 a 27,3 kilos por habitante al año, mientras que la demanda de carne vacuna permaneció prácticamente estancada.

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Un proceso similar ocurrió entre 2009 y 2011. La sequía y la menor disponibilidad de ganado profundizaron el encarecimiento de la carne bovina. En ese contexto, el consumo de carne vacuna cayó 4,5 kilos por persona en dos años, mientras que el de pollo subió de 32,8 a 37,5 kilos.

Argentina sigue entre los países que más carne consumen

Aunque la carne vacuna perdió participación, el consumo total de proteínas animales continúa siendo elevado. En 2023, los argentinos consumieron 122,7 kilos de carne por habitante, entre vacuno, pollo y cerdo.

Ese volumen ubicó al país en el puesto 23 a nivel mundial y por encima del promedio de América Latina. Argentina mantiene, además, el primer lugar internacional en consumo per cápita de carne vacuna, pese al descenso registrado durante las últimas décadas.

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La diferencia con el resto del mundo, sin embargo, se redujo. Mientras que a comienzos de los años sesenta el consumo global rondaba los 32 kilos por habitante, en 2023 había llegado a unos 65 kilos.

Por otra parte, el menor consumo interno coincidió con un crecimiento de las exportaciones. Durante 2024, cerca de un tercio de la producción bovina argentina se destinó a los mercados externos, con China como principal comprador.

El cambio no significa que los argentinos hayan dejado de consumir carne, sino que modificaron la composición de su dieta. La carne vacuna continúa teniendo un lugar destacado, pero ya no concentra casi en exclusiva el consumo de proteínas animales como ocurría décadas atrás.

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