2023-02-21

¿La salud mental está prohibida?

Por Santiago Kussianovich*
En los albores del siglo XXI, la necesidad de consulta psicológica para el sujeto actual es algo que no admite discusión. Sanar a través de la palabra es una recomendación unánime de todo tipo de profesionales de la salud, no sólo en los casos que requieren un abordaje específico, sino incluso si la afección no es estrictamente mental o emocional, ya que la terapia psicológica se ha convertido en complemento necesario para todo tipo de dolencia, permitiendo así una atención integral de los pacientes. Ahora bien, frente a esta nueva perspectiva en materia de salubridad, el estado de la situación es que el acceso a la misma se ha vuelto muy dificultoso, y el Alto Valle de Neuquén y Río Negro no está exento de ello.
Las dificultades para obtener un turno para empezar terapia son notables. Por un lado, el primer problema que aparece es la poca disponibilidad. Basta con tomar el teléfono y llamar al “voleo” a cualquier psicólogo/a para enterarnos que, o no tienen disponibilidad o los pocos tiempos disponibles no coinciden con la agenda apretada de nuestra actividad laboral. Por otro, el hecho de tener obra social no garantiza la cobertura de la sesión, ya que la gran mayoría de los y las profesionales de la salud mental no atienden hoy con esa asistencia. La cuestión que aquí planteo no es apuntar, en principio, al por qué de la falla de esta no cobertura – algo que obviamente hay que solucionar – sino a visibilizar que el acceso a terapia es realmente problemático. Y mucho más si contemplamos a las personas de bajos recursos que acceden a la salud sólo a través de los hospitales públicos. He testeado la disponibilidad de turnos en dichos nosocomios y el problema se agrava muchísimo. Además, imaginemos que a este sector de la población le es imposible costear en efectivo el pago de una sesión terapéutica. Muchos otros impedimentos podría seguir enumerando, pero es importante señalar el aspecto central de la gravedad del asunto.
Ya a mitad del siglo XX, Erick Fromm, en su obra Psicoanálisis de la sociedad contemporánea (1955), adelantando el diagnóstico de nuestra época, definió a esa población como una “sociedad enferma”. Decía el psicólogo y filósofo que aquel hombre se conducía hacia un “robotismo”, un ser sin uso de razón, automático e insatisfecho, parte de una gran maquinaria que subordinaba la vida misma a la mera productividad. Claro que los tiempos cambiaron, pero la actualidad del sujeto contemporáneo nos dice que el hombre de hoy necesita imperiosamente hablar, descargarse, hacer catarsis de todo aquello que lo aqueja porque, por algún motivo, le es difícil encontrar ese espacio en su entorno social próximo. No es novedad, para los pensadores y pensadoras de nuestro tiempo, las múltiples dolencias constantes que padecemos debido a los vacíos inherentes de nuestra forma de vida: angustia, ansiedad, cansancio, depresión, y la lista sigue. Por supuesto que si se acepta este diagnóstico podríamos por empezar a pensar cuáles son las causas de éste para buscar soluciones – algo que seguramente llevaría mucho tiempo –, pero lo cierto es que el dolor y el padecimiento de las personas no puede esperar.
Vivimos en una sociedad que necesita de manera urgente garantizar la universalidad del acceso a la salud mental, no sólo porque es – o debería ser en lo concreto – un derecho, sino porque la estructuración social de nuestros días genera sujetos vulnerables en este sentido. El 17 de junio de 2022, la OMS (Organización Mundial de la Salud) publicó un comunicado donde insta a los gobiernos, las instituciones y la sociedad civil a viabilizar mecanismos y estrategias para mejorar la atención de la salud mental. El aumento porcentual en la tasa de las afecciones mentales de los últimos años preocupa demasiado: cada vez más jóvenes afectados, cada vez más suicidios, más personas con discapacidad provocada por dichos trastornos, y ni hablar del aumento de la depresión y la angustia que causó el primer año de pandemia (25%). El panorama no es alentador, las consecuencias negativas para nuestra psiquis son muchas, pero lo que llama la atención es el elevado grado de ineficiencia de las políticas de salud en esta materia, tanto en el sector público como privado, siendo que los datos vertidos por los estudios son tan contundentes.
Como dije, conocer las causas de esta problemática no son los objetivos de esta intervención escrita. Las mismas tendrán que ser abordadas por los sectores responsables competentes. Aunque, por supuesto, estas líneas son una interpelación. Hay una demanda real e ineludible y una respuesta insuficiente que hay que atender. La salud mental es un derecho pero parece estar prohibida, porque las limitaciones a su accesibilidad son determinantes para su ausencia, para su imposibilidad, para su “falta” (hablando en términos lacanianos e imaginando su descontento). La salud mental está prohibida y alguien tiene que hacer algo, y rápido. Y pensar que las políticas de salud del valle supieron ser un ejemplo a nivel nacional, algo que la realidad actual tiende a contradecir.
*Profesor en Filosofía (UNComa)

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