Tramas que cuidan: ¿De qué nos reímos?
(*) En la vida cotidiana, el humor ocupa un lugar importante. Circula en los recreos, en las aulas, en las sobremesas, en los grupos de WhatsApp, en las redes. Hace reír, distiende, genera complicidad.
Pero no todo humor es igual. Y no todo lo que se dice “en chiste” es liviano. Hay bromas sobre los cuerpos; comentarios sobre cómo alguien habla; “cargadas” sobre cómo alguien se viste, se mueve o se vincula; chistes sobre el género, la sexualidad, los gustos, la condición social.
Y en ese ida y vuelta que parece tan natural, algo se juega porque el humor no es neutral. Muchas veces funciona como una forma de marcar límites: de señalar qué es lo esperable, qué entra dentro de lo “normal” y qué queda por fuera. En lo que se dice en broma circulan ideas sobre cómo hay que ser, cómo hay que verse y cómo hay que habitar el mundo. Y no todo circula de la misma manera. Hay risas que incluyen. Y hay risas que dejan afuera; chistes que alivian y otros que incomodan, que exponen, que hieren.
A veces, lo que para algunos es gracioso, para otros es una forma de quedar señalados, de ser reducidos a una característica, de sentirse observados y de alguna forma marcados como "fuera de la norma", de la expectativa del grupo.
Raewyn Connell, luego de años investigando en escuelas, concluyó que a través de determinados chistes recurrentes se multiplica la violencia simbólica y se refuerzan ciertos lazos de masculinidad cómplice que pueden incluir a varones y mujeres.
Por su parte, el pedagogo argentino Carlos Skliar advierte sobre los modos en que, en la vida cotidiana, ciertas diferencias son convertidas en objeto de corrección o de burla. Lo diferente incomoda, y muchas veces el humor aparece como una forma socialmente aceptada de señalarlo sin asumir del todo sus efectos.
En la adolescencia, donde la pertenencia al grupo es tan importante, estas dinámicas pueden tener un impacto profundo porque reírse puede ser una forma de integrarse pero también una forma de protegerse, de no quedar del lado del que es señalado. Y entonces, muchas veces, alguien se ríe… aunque le duela.
Frente a esto, suele aparecer una frase conocida: “es un chiste, no te lo tomes así”.
¿Qué pasa cuando lo que se dice en nombre del humor hiere? ¿Qué pasa cuando siempre son los mismos cuerpos, las mismas formas de ser, las mismas identidades las que quedan del lado de la burla? Ahí, el humor deja de ser sólo humor. Se vuelve una forma de regular, de ordenar, de aleccionar. Y esto no ocurre sólo entre adolescentes; también pasa entre adultos, en la escuela, en las familias.
A veces, sin darnos cuenta, usamos el humor para corregir, para marcar, para decir sin decir. “Lo digo en chiste”, pero algo queda dicho.
En este sentido, no se trata de eliminar el humor —que también es una herramienta valiosa para vincularnos—, sino de revisar qué tipo de humor habilitamos.
¿Qué se vuelve objeto de risa? ¿Quiénes quedan adentro de esa risa… y quiénes quedan afuera? ¿Estamos riéndonos con alguien o de alguien? ¿Cuán responsables somos al largar un chiste o al reírnos de un chiste de otro? Hacer lugar al humor implica también poder detenerse cuando algo incomoda. No para censurar, sino para abrir preguntas; para habilitar otras formas de encuentro que no necesiten de la burla; para construir vínculos donde nadie tenga que exponerse para que otros se rían.
Salir de esa dinámica no es inmediato. Requiere tiempo, conversación, revisión de nuestras propias prácticas. Pero empieza por algo sencillo: volver a escuchar lo que decimos, incluso cuando creemos que es sólo un chiste porque las palabras —también las que se dicen entre risas— dejan marcas.Y en esas marcas, muchas veces, se juega algo más profundo: la posibilidad de sentirse parte… o de quedar afuera.
(*) Esta reflexión se inscribe en la serie “Palabras que cuidan / palabras que hieren”- Instituto de Formación Docente N°3- @ifd3_sma